viernes, 17 de noviembre de 2006
La verdadera historia de Kakita Seiken.

Esta historia se la dedico a Kurohito y a Rumic, ellos ya saben por qué.

La hierba, alta y madura como corresponde a ese período en el que el verano de forma casi imperceptible se convierte en otoño, se mecía con las embestidas del viento como si de una extraña marea verde y marrón se tratase. El sonido que producían las miles de cañas al moverse al unísono era a la vez ensordecedor y apagado, como si adormeciera los sentidos y le diera a todo un aire de cierta irrealidad.
Kakita Seiken, campeón del topacio, duelista grulla, magistrado del honorable emperador Hantei, observaba a sus compañeros de andanzas. Todos estaban cansados, sucios, demacrados por el hambre y las penalidades, a algunos la ceniza de los lejanos incendios se les había pegado en los regueros de las lágrimas vertidas formando extrañas y espectrales máscaras en su cara.
Seiken no estaba sucio, no estaba cansado y no dudaba de que habían hecho lo correcto. Aquellos campesinos se habían alzado contra el emperador, habían negado el orden celestial y se habían convertido en bandidos que saqueaban las tierras de los samurai. Hambre decían algunos, sequía decían otros, nada importaba, se habían alzado contra el orden celestial y habían sido eliminados como mandaban las costumbres.
Sin embargo Seiken no estaba contento con su éxito, a pesar de su reconocimiento y posición algunos de sus hombres seguían desobedeciéndole, en especial dos de ellos: Doji Makoto y Ushagi Shaito.
Su compañero de clan había argumentado que alguien debía vigilar la retaguardia para ausentarse de la matanza que sabía que no aprobaba, era un blando, un cortesano metido a guerrero, carecía del temple y el valor necesarios, Seiken lo retaría a un duelo de honor pero sabía que Makoto era tan bueno como él con la espada y tendrían pocas posibilidades de sobrevivir alguno de los dos, ya buscaría la forma de ajustarle las cuentas al Doji.
El otro era ese ronin de Shaito un maldito campesino de un clan menor metido a samurai y jugando con espadas cuando debería dedicarse a recoger trigo y dejar las espadas para sus superiores. Seiken lo odiaba por lo que era, por lo que representaba, los clanes menores, sin poder real ni militar, simples parásitos del imperio aprovechándose de la fortaleza de otros clanes para jugar a la política. El samurai del clan de la Liebre lo había desafiado al negarse en redondo a participar en la masacre, decía que su señor no les había ordenado hacer eso y Seiken en aquel mismo momento decidió que esa afrenta a su honor sería limpiada en cuanto tuvieran un descanso, este era tan bueno como cualquier otro.
Seiken se acercó con paso decidido hasta el samurai de la liebre y sin ninguna ceremonia le dijo:
- Tú, Shaito levántate. Debes limpiar la mancha a mi honor que supone llevarte conmigo, tú decides, quítate tu miserable vida o lucha conmigo. Pase lo que pase hoy el equilibrio será reestablecido, jamás debiste dejar de ser un campesino, tu sangre no es lo bastante pura para el acero de mi espada.
Shaito tragó saliva, un grulla, uno de los mejores duelistas del imperio, le retaba a un duelo. Pasara lo que pasara sabía que no podría salir vivo de aquella situación. Si aceptaba, Seiken lo mataría sin complicaciones, si lo rechazaba su honor de samurai le exigía acabar con su propia vida. Con un gesto vacilante e inseguro se puso en pie y tartamudeando ligeramente dijo:
- Acepto tu duelo Seiken-sama, mi comportamiento ha sido ejemplar y lo defenderé en esta y en la otra vida con mi acero si hace falta.
Seiken asintió y no pudo evitar una pequeña sonrisa, la misma que afloraba a sus labios cuando se disponía a matar a alguien, cosa que había hecho demasiadas veces ya como para ser contadas.
- A muerte- dijo Seiken.
- A muerte- respondió Shaito.




Todos los samurai se congregaron alrededor de los dos hombres, todos observaban el drama que se interpretaba ante sus ojos con expresión vacía y cansada, aún no se había derramado suficiente sangre para Seiken, eso pensaban la mayoría pero nadie se atrevía a decir nada… o casi nadie…
De entre los guerreros surgió una voz a la vez que una figura:
- Alto- gritó Makoto a la vez que se acercaba a los duelistas. – Seiken, qué estas haciendo? Qué honor hay en el asesinato de un hombre que te ha acompañado y servido tantas veces?- Seiken no respondió pero sus ojos taladraron a Makoto. Éste se volvió y le dijo a Shaito: - Eres valiente, pero esta pelea es absurda, permíteme ocupar tu puesto- pero Shaito negó con la cabeza, Makoto suspiró resignado y dijo: - Al menos permíteme darte un consejo.
Cinco minutos después Seiken y Shaito se hallaban listos para el combate. El grulla relajado, tranquilo, con las manos a los lados de su cuerpo esperando que llegara el momento. Shaito nervioso, sus manos sudorosas resbalaban una y otra vez en la Tsuba de su espada, sus labios cerrados formando una pálida línea en su cara, ambos se colocaron en posición y se miraron a los ojos.

Foco. Sus miradas se cruzaron, la de Seiken fría, calculada, la de Shaito llena de furia y determinación.
Foco. Los músculos se tensaron y la respiración se aceleró mientras ambos contendientes se preparaban para desenfundar sus armas.
Foco. Las hierbas mecidas por el aire dejaron de existir, el resto de los samurai dejaron de existir, sólo estaban ellos dos, sólo existían ellos, sus espadas y su honor.
Foco. El sudor empapaba la espalda de Shaito recordó a su padre, a sus hermanos, a su madre. Su último pensamiento fue para ella, luego vació su mente.
Golpe. La espada de Seiken abandonó su funda antes de que fuera capaz de pensar en ello. Su habilidad legendaria le hizo reaccionar tan rápido que sólo la entrenada vista de Makoto podía seguir su acero. El arco mortal de su fina espada de duelos se dirigió con precisión letal hacia el vientre de Shaito y entonces… falló. Su golpe pasó a escasos milímetros de su objetivo, rasgando con su terrible filo el kimono del Liebre pero sin alcanzar su cuerpo.
Shaito no sabía si estaba muerto o aún vivía. El mundo se había vuelto demasiado rápido y confuso a su alrededor, incapaz de saber si Seiken ya había desenfundado o no sacó su espada y la lanzó hacia delante sabiéndose muerto antes de hacerlo.
Sin embargo seguía vivo, su ropa estaba destrozada pero el seguía respirando. Palpó su vientre incrédulo, esperando ver manar la sangre en cualquier momento pero no había nada, ni un rasguño, nada que indicara que el grulla había segado su vida. Incrédulo miró hacia delante, Seiken estaba de rodillas, sus manos se sujetaban la tripa y sangraba profusamente, su cara era un poema, mezcla de odio, rabia, incredulidad y frustración.
Shaito se dio por satisfecho pero sabía que el duelo no había terminado, agarró su espada con ambas manos esperando que Seiken se levantara y continuara luchando, por primera vez albergaba esperanzas de vencer.
Seiken miró a su rival, no podía creer lo sucedido, sin embargo para el gran y honorable magistrado grulla, para el campeón del topacio, aún quedaba una salida. Apoyando su mano en el suelo escupió algo de sangre antes de decir:
- El duelo era a primera sangre no?
Publicado por FIONN @ 21:02  | ROL
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